26 de marzo de 2014

N


Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar para siempre en un mundo finito o es un loco o un economista.

Kenneth Boulding


25 de marzo de 2014

Convergencia

El otro día me pasé por tu ciudad. No iba con ninguna expectativa, al contrario; mis ojos se habían preparado para no encontrarte. Sin embargo, a mi paso por cada boca de metro me parecía sentirte. Te noté en cada mano que rocé por la Gran Vía, entre arte y consumismo. También en aquellos que, frente al templo de Debod, apoyaban sus trípodes en el suelo para jugar a enfocarlo ante el cielo rosa que siempre me enseñas. Te ví entre cada uno de los peluches gigantes de Sol, en la banda mejicana, en los bailarines de break y en aquel que pintaba sobre cartón. Me encontré, mientras hacía tiempo viendo pasar a los tuyos por la plaza, a dos parejas de irlandeses que me hicieron remontarme a épocas de piratas y que me sacaron, con un gesto de la mano, más de tres sonrisas encadenadas. Los vagabundos en sus sacos me enseñaron tu peor cara, la de recién levantado, la de verdad, como así hizo la marcha por Alcalá. He de añadir, cómo no, que tus metros no han perdido la manía que cogieron años atrás de llevarme al lugar equivocado, pero lo seguiré agradeciendo mientras siga, visita tras visita, encontrándome a espontáneos dando vida al hastío que empaña los cristales. Descubrí otra parte de tí, más cálida, más viva, entre ciudadanos y sudaderas de colores por el parque del Retiro. Había espectáculo y diversión por doquier; deportes, arte, niñez. Cada una de las líneas que te caracterizan convergían en aquel lugar. 
Todo tú allí. Y yo, de tu mano. 







17 de febrero de 2014

Palabras implícitas


Siempre he considerado la existencia de un símil entre las portadas de los libros y los aeropuertos. Pensad, situaros en un avión cualquiera en el que hayáis volado y revivid el momento en el que os atáis los cinturones advertidos por la luz encendida encima de vuestras cabezas y el aterrizaje comienza. Recordáos apretando las manos contra el apoyabrazos instantes previos al roce de las ruedas sobre el asfalto. Y ahora cerrad los ojos y dejad que vuelva a vuestra retina la imagen del aeropuerto. El qué veré. El qué viviré. Ahora, cambiemos de tercio. ¿Recordáis alguno de vuestros paseos por las librerías o las bibliotecas no ya de vuestra ciudad, sino de cualquier lugar del mundo? Esa sensación de tener un mundo de posibilidades y las ganas de elegir una que sea correcta. ¿Cuántos libros habéis sacado del estante para verlos por encima? ¿Cuántas portadas habéis acariciado? Yo no soy de esas personas que eligen un libro por la portada, jamás lo he sido. Mi anzuelo son los títulos. Pero las portadas son esas imágenes que te quieren decir algo pero te lo dejan en el aire. Son trazos que te hacen preguntarte qué veré, qué viviré. Como en la llegada al aeropuerto, la portada de un libro lleva implícita la palabra incertidumbre. Sabes que te esperan días de aprendizaje, de disfrute, de insomnio, de pasión; sabes que vivirás otras culturas, que conocerás otra personalidades, que dejarás tu huella allá por donde pises, allá por lo que leas. Sabés que gracias a lo que estás por recorrer, crearás tu mundo, crearás tu historia. Soñarás. Y escribirás. Más. Y mejor.


18 de enero de 2014

Mientras no la encontramos, nos balanceamos

Al cerrar la puerta a mi paso y mirar al frente, vislumbré una silueta al fondo del pasillo. Un niño con cara de hombre balanceaba las piernas, una en la oscuridad del pasillo, la otra en el resplandor de la plaza bañada por la blancura del cielo. El gusto clasicista de la arquitectura que me envolvía, con pinceladas de arte en columnas y arcos, me animaba a avanzar. En mi mente se agolparon las imágenes, las palabras, las descripciones de ese lugar que había visto y leído contadas veces a lo largo de los años. Mientras las suelas de mis zapatos se abrazaban por breves milésimas de segundo a los adoquines irregulares, por mi cabeza se sucedían preguntas de todo tipo. Intentaba averiguar quién era ese niño, qué hacía ahí y, lo más importante, qué le había llevado ahí. Cuando le alcancé, pude ver entre sus manos un objeto, de hojas finas y letras pequeñas -inusual en los libros que los niños leen-. No se percató de mi presencia y siguió guiando a sus ojos por las líneas saltarinas de un relato que yo desconocía. Seguí allí durante un rato, misma postura, misma incertidumbre, mientras el cielo blanco iba tornándose poco a poco en un azul apagado, avisando de que pronto apagará la luz, como quien empieza a recoger los trastos de un local y enciende todas las luces invitando a los rezagados a salir. El niño comenzaba a quedarse a oscuras, pues por el jardín rectangular las sombras iban apoderándose del claustro entero; sin embargo, lo único que hizo fue cerrar el libro, aferrarlo suavemente contra su pecho y mirar al cielo, llevando su mirada del rosal que ocupaba el centro del jardín rectangular hasta las estrellas, que añadían el toque necesario de realidad al manto azul que se había apoderado de la ciudad. Unos cuantos minutos después que no quise contar, el niño bajó la mirada y clavó sus ojos en los míos. Con una voz asombrosamente pura me dijo:

̶  Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día  ̶  hizo una pausa en sus palabras y en sus ojos, que se quedaron pensativos en las líneas de mi pañuelo  ̶  cada uno pueda encontrar la suya.   

Dicho esto, me miró a los ojos con una expresión que no supe descifrar y se fue en dirección a la puerta. Y yo me quedé allí, pensando. Me acerqué al arco bajo el que él había estado sentado, saqué mi pierna derecha al jardín y dejé la otra en el lado del pasillo, las balanceé con un ritmo suave que sonaba en mi cabeza y alcé la vista a las estrellas. Tras largo rato allí, reflexionando sobre lo que ese niño me había dicho de esa manera tan profunda, me dije a mí misma que iría cada atardecer a ese lugar, a ese claustro donde se mezcla la historia de lo que fue con lo que puede llegar a ser. Y desde ese día, ese fue mi lugar.

Claustro de la catedral de Oviedo


A ella, una de las pocas personas que guarda a la niña que fue y que lleva grabado su corazón en cada segundo de la vida. A la que me enseñó este sitio y tantas y tantas otras cosas.